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Te interrogo, Margot 03. 10. 2006

Posted by Marco in ¿Literatura?.
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Si los acérrimos canaletes que describen tus brazos en paralelos y meridianos no hubieran surgido, Margot, no serías “feliz”. ¿No es así? Tal hipócrita salida de emergencia no la comprendes en tu lenguaje, vestido de piel tostada y arrendado por arios germanismos. Apostabas por un blanco tan elevado, con tus desdeñadas flechas haraposas, como el de inyectarte en la corpulenta figura del gran patriarca europeo.

¿No tratabas compulsivamente de lavar y desinfectar tus raíces ancestrales de sobrio potrero? Margot, no te encontrabas a ti misma en ninguna parte. Desheredaste, vil entregada, a tus progenitores. Aunque reconozco, sabia decisión tuya, abortar a los hipotéticos engendros que imploraban propagar la plaga con saña.

Margot, por tal excepción a la regla de las masas fuiste reclutada en las líneas primas de defensa bajo el Gran Imperio, sobre el que deglutabas a la inversa. Te uniste a la correntada obsesiva del la maquila que desteje identidades. ¿No te da vergüenza haber ofrecido tu espléndida figura racional ante el Gran Hermano, quien te deshilachó a ti también?

Iniciabas tu nuevo día en la intriga de un cielo límpido entre transmisiones y digitaciones. Creías haber hallado tu Imán venerable en el pentagonal templo de Occidente. ¿No era tu creencia disímil a la de aquellos infieles? Ojalá hubieras negado tres veces o más en lugar de ambicionar con que podías alcanzar tu utopía del sincretismo industrial.

Conociste a los marcados por el Signo dentro del Edén del Final. Ya ellos secretaban el opio de la Moneda durante las épocas que habían fluido antes de tu visita. ¿No querías permitir que te incineraran la identificación sobre tu inocente epidermis? Aquellos capataces de esclavos jugaban a estimarte. ¿Eras consciente de que ellos no interpretaban más que otro El Dorado en las blandas tentaciones de tu intelecto?

Tu prócer liderazgo sobre ti misma te contradecían ante los relajados colegas. ¿Es que no podías disfrutar jocosamente la lectura amena de ese código de barras en germano, con la cual desayunabas llena de energía, te dejabas tentar por Morfeo durante el tedio meridiano y te hacías promesas eternamente postergables al finalizar la jornada?

De regreso a tu lugar de humana habitación, Margot, volvías la cabeza hacia tu Mecca laboral, caprichosa de residir en su cercanía. Querías retratarte a ti misma como una mujer fervorosa, quien atendiera necios y, en ocasiones, soberbios usuarios, hijos de la Germanía.

Margot, ¿por qué no me hiciste caso? Sabías que los torrentes de labor te ahogarían las huérfanas semillas de pensamiento panorámico, y aún así te lanzaste al descanso aclorado del pulcro botadero de preguntas técnicas con las que Shaitán te engatusaba cual filoso felino.

Dime, Margot, ¿qué musa, ciudadana fiel del pandemónium que llevas sobre tus enjutos hombros, te inspira a categorizar geográficamente tus brazos con instrumentos de cocina?

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