Putsch 07. 10. 2006
Posted by Marco in ¿Literatura?.trackback
“No, no quiero hacerle caso”, reclamaba el torrente asertivo que manaba de esa garganta incontenida. Desde niño tenía esa doctrina empastada sobre su dorsal de comportamiento. Se trataba de expresar lo que le gustaba o no. De demonizar lapidando toda grama morbosa de hipocrecía.
Ya no se requería de un dios o de alguna desgraciada madriguera cultural como báculo moral que evitara una sociedad desperdigada. “Si es que el dios que se inventaron hace eras no me parece más que una embrutecida aguardiente, dentro de la que los ejércitos se extasiaban ‘justificar’ sus maniobras, o la que era bebida de celebración entre las monarquías para soldar sus tronos”, proclamaba uno de los estudiantes durante el alba de la férrea reestructuración en el constreñido sistema de antaño.
Habían pasado décadas desde una escalada sin complicaciones de un ateo divinamente estricto en su fervor de que la verdad debe regir sobre todo, aún cuando deba momificarse a sí misma en algunas situaciones.
La presa de efervescentes cuadrillas bélicas producían ese 20 de enero corrientes sin parangón que se transmitían recrudecidas a través de la enclenque canastilla Faraday que jugaba a ser la policía municipal.
Luego, el bricolage incongruente del gobierno fue decididamente desintegrado. Ningún período de vida media.
En esos discursos, acotados hasta la obstinación de improperios, el golpista impertérrito empuñaba su bayoneta ideológica en pos de la desdeñada y arañada “buena educación” de transfigurar en ignotas las observaciones puras y sinceras dentro de papirofléxicas obnubilaciones, mediante lo cual se pretendía “guardar las apariencias”.
¡Si es que el emergente régimen plantaba los agentes intelectuales, ceñidos en inmolarse dentro de una niebla de esquirlas contra el matusalénico esquema!
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