Café con sal
“¿Y en qué punto debería detenerme?”, pregunta Julián mientras le quito las lagañas con la quebradiza mirada. ¿Por qué tengo que girar los rodines en las órbitas oculares cuando me dirige la palabra? Si es que los parchones café rechinado (¿y cómo se sabe?) me permiten mejor almohada a la vista que el cemento reforzado de su avistamiento a albas horas.
“Cuando llegue al cruce del restaurante tailandés”, se me desliza por la lija que sostengo de lengua antes de que reviso la inflamación de la cordal a la derecha y arranco la pintura enmohecida a vistazos. Ya me harté de no observar nada de interés aparte de mi desayuno de hace una semana desparramado grotescamente sobre el macizo norte que delimita el valle que tengo por cuarto.
Mi incontrolable hermana habría de acorralarse en su tozudez para llegar a tal cima de ira como para lanzar el café que justo me había servido sobre la incómoda mesita anaranjada (habría de preguntarle a ella por qué tan horrendos gustos de decoradora aficionada de interiores, “graduada” después de leer recortes publicitarios varios del diario por un mes). Me reclamaba esa vez qué había sido de su naturalísimo arreglo floral del plástico que se usa para pajillas (ni un grano de buen gusto le queda como para elegir decentemente los materiales).
Volviendo a Julián y sus irremediables ojos que me carcomen el campo visual, todavía dudaba sobre el lugar donde detener el transporte cuando viajara en su desarreglado automóvil, como el de los ministerios de salud en algunos países africanos. Y aquí recordaba a mi hermana con su hipersensibilidad social y sus llantos de loba cuando veía una de esas tomas, en las que un niño de la República Centroafricana pedía con las manos temblorosas por la falta de alimento algo al fotógrafo. Ella rompía el silencio de la sabana que tenemos como apartamento. Agarraba las tiras de la pausa que había desgarrado y con ellas jugaba a hacer figuritas tiernas de origami cuando, después del grito primero, ya sólo sollozaba.
Una muy débil muchacha. No era una mujer, aún con sus 25 años; sólo una desligada joven que no tenía mucho que hacer con la vida. Había estudiado Filosofía y amaba pero a besos y clamores las obras de los existencialistas.
No salía mucho de casa, ya que prefería quedarse bajo el áureo sol de un farol que desperdiciaba corriente con tal emoción como ella me comentaba sobre lo que había leído (y si acaso entendido). Una de mis esdrújulas dudas es cómo ella habría logrado hacer su proyecto de Tesis (tuvo que haberse rebanado trozos de salud mental para llegar a un resultado aceptable). Pues sólo la escuchaba en el palpitar de su voz cortada y sinuosa para que no se sentara a sollozar, siempre que sentía que nadie quería conversar (y qué se dialoga cuando ella decía, con sus labiecitos delineados como código de barras que discutiéramos a Sartre o a Kierkegaard). Estaba sonámbulamente obsesionada con aprender sueco o noruego, nada de alemán, aún cuando ejercía mi “deber moral” de informarle que son lenguajes de la misma estirpe y que, en principio, representaban al mismo tatarabuelo idiomático.
Ya ella nos había abandonado, a Julián y a mí, para seguir leyendo. Como toda buena lectura de un texto filosófico, según lo que me contaba, se necesita detenerse cada cierto punto, de tal forma que se puedan toman notas. Hacía semanas que no sacaba su cuaderno rojo con franjas zigzagueantes lila. Sólo se concentraba en una navegación fluvial sobre el pensamiento de la época contemporánea, nada de redactar comprensiones propias. No sé para que cuento todo esto sobre mi hermana, si es que habían pasado años desde que ella y yo nos vinimos a acampar en las otrora frondosas praderas de nuestro espacio 4 por 5, durante lo que normalmente no me detenía a pensar en ella. Creo que lo que ahora observo no resulta más que un relámpago de memorias nebulosas acerca de ella.
Bajo condiciones normales (o de fábrica, a como aparece en el letrero blanco de la refrigeradora, sobre el cual cuelga mi ancla de visión mientras reviso el motor que no corre), me dedico a algunos trabajos de corrección de estilo (sí, me hidrato de las Letras). Así, en tal meditación trascendental que no pasa de una barricada mental a mis revolucionarias tendencias, abandono a mi hermana.
Prefiero salir yo mismo a hacer las tediosas compras al abastecedor de la cuadra, un lugar algo estrecho, si no es que muy pequeño en comparación, incluso, a las veredas que deserto por un momento. Ella y sus “argumentados” gustos que la extorsionaron a conseguir una delgada alfombra verde limón (la primera vez que Julián se enrumbó por tales parajes no pasaba voluntariamente del portal, aún mejor animado para ello por la mesita anaranjada, los naturalísimos arreglos, el enérgico farol y mi hermana en vestido completo fucsia fosforescente, por lo que esa vez me atreví a invitarlo a un emparedado, con lo que me quedaba de presupuesto, en alguna soda sencilla afuera).
Para las inconfortables asignaciones de suplir el coro de gargantas marchitas de mi hermana y mis falanges de hoplitas en éxtasis bélico, ambos entes con el fin de alcanzar en maná empaquetado de fideos extracondimentados y un hurto a los confines de Poseidón que enlatan mortales mecánicos en las industrias costeras, sea atún u otra variedad, procedía a habilitar mi fuerza de demanda con un sedimento que erosionaba de mis simas, no de mis cimas, de tributo material ante el dios tienda-mercado, hijo bastardo de la deidad que explotaba la tierra. Para el resto de gente resultaba ser una sencilla acción de “compro y pago”, “vendo y recibo”.
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Después de tal desilusión de imagen hacia Julián (de verdad no deseaba ni se atrevía a incursionar, aunque fuera a tientas simuladas, como si tal desubicación de estilo y estética por parte de mi hermana no le extendiera ofensivamente todos los tendones) no liberó palabra alguna cuando le ofrecí desayunar algo a las sombras de la ciudad, alejados de los peligros de quemaduras de segundo grado que el sitio de grama corta del apartamento pudiere ocasionarle a su delicado estómago. Mi hermana permanecía ahogada en su inconsciencia de lectura, ya que la membrana semántica no le servía en lo absoluto para evitar que las corrientes de nuestro siglo le atiborraran el mínimo espacio de su propia respiración racional. Sí: me esperaban unas dos horas del fantástico discurso consigo misma (ignoraba, más de una vez durante su interacción reflexiva, que yo ofrecía mis horas de trabajo como sacrificio carnal ante las deidades de su saliva).
En tal ocasión en que extraje el tumor maligno de monedas en la alcancía, las pinzas desinfectadas que eran mis uñas sin cortar durante, por lo menos cinco semanas, se aprestaban ligeras para concluir la cirugía bajo el astro nefasto y dedicarme a atender a mi siguiente paciente, cuyo carcinoma hubo sido entonces la mutación que se gestaba en su tejido del buen gusto.
Una vez que lo puse fuera de la amenaza natural al indicarle sutilmente que resultaba aún más sano y gentil conversar en el refugio más cercano, donde los ígneos rayos de luz no infligieran semejantes saetazos, fue cuando su percepción obtuvo la felicidad infantil de saltar incansablemente sobre el divertido colchón que era el pasillo uniforme.
Una vez que hubiésemos descendido a la pragmática realidad de los otros pisos del bestial andamiaje con paredes enmascarando el vacío que era el edificio de apartamentos en el que vivía, la gutural marejada de los intestinos artísticos de Julián se aplanaba, a como el intercambio de palabras entre ambos iba amasando artesanalmente el oleaje voraz ante el “decoro decorativo” de mi hermana.
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“En primer lugar, ¿qué necesitamos?” inquiría mi contraparte como un empleado poseso por la logística en un proyecto que veníamos bordando con los flecos y abalorios organizativos como en un vestido de bodas. Como dos muchachas pubertas que sueñan con su galán, discordia y envidia del resto de amigas, imagen pura y completamente bidimensional, cuya inspiración ni siquiera proviene de ellas mismas y no refuerzan algo más que el estándar ISO de las superficialidades juveniles.
“Pues a nosotros mismos, claro está”, en cuyo caso mi flecha mal atinada se daba a respetar, al mismo tiempo que se abría paso por entre unas conglomeradas fibras de madera semántica. Todas las proteínas posibles en nuestras escuálidas masas corporales se invertían en un certificado a plazo de intereses regularmente depositados en las cuentas de ahorro que teníamos de memoria.
Ya para ese momento, ese giro de piñón de las rodillas al encontrar una clavija esa rueda dentada que era la escalera, que levitaba sobre el vacío, ya que carecía de vértebras en sus entrañas osteoporosas, el piso primero de la casita con complejo de monarca en la que mi hermana y yo residíamos como arrendatarios se subyugaba a las pisadas de Julián y las mías.
Una vez que el umbral, la tubería agigantada de tinieblas luminosas, se bifurcaba en sí mismo ante nosotros, el uno de vísceras obnubiladas que iniciaban la ociosa actividad de regresar al hogar de la estabilidad escatológica, si es que se puede decir que los intestinos pueden agarrarse al suelo como un filoso felino y empezar a acicalarse, el otro, huésped paciente de armas tomar que hubiere agotado el ímpetu del termómetro del desagrado desangrado en la pipeta del buen gusto de Julián, nos guiñaba sonoramente la bisagra en el momento en que mi palma alunizó sublime sobre el tiznado manojo de fibras emborrachadas de sí mismas que compilamos en el volumen lingüístico de “puerta de madera”.
A partir de la luminosidad desparramada como salsa de tomate fundida con tomillo y especias que mi hermana ritualmente difundía mediáticamente con sus manos costumbristas por el uso extensivo en la crianza maternal de indefensas criaturas literarias (caía en la cuenta de que el someter aire de vida al barro informe en el tintero o hacer crecer a las personas del maíz en los surcos perfectamente paralelos de papiro moderno resulta ser la única forma en que un hombre pueda experimentar un embarazo tipográfico y de a luz a un engendro creativo), el apetito de Julián ejecutaba magistralmente sus partituras in crescendo con su estómago como caja de resonancia.
Quizá se exhibía un vecindario poco excepcional ante mis ojos barnizados por el panorama de otra zona urbana eróticamente harapada, lejos de lujos innecesarios, aunque resultaba atrevidamente invitador para Julián.
“¿Tenemos algún plan de acción?”, chispeaba la correntada ingente de amperaje emocional que suplía los anuncios incandescentes de neón en su mirada (la crisis de los Balcanes en el mapamundi de su paciencia reclamaban por el capricho de gestarse).
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Ya había llegado de la soda relegada en la ínfima calificación de popularidad entre los avasallantes comercios de pre-preparados (a como ese sufijo se reiteraba añoraba una lectura experimental, escindida de lo que la fauna razonante, disgregada entre torrentes descargados de cobre y fibra óptica, llama “literatura”), en donde sostuve arquitectónicamente una inestable conversación con Julián, de tal forma que evitó, decisión sabia, contraer algún tipo de malaria estética en el mal aire de la llanura embaldosada a los cuatro costados.
La importantísima audiencia de una persona que había adquirido de reventa una entrada costosa al magistral soliloquio de mi hermana se quedó esperando (se trataba de un pase por una temporada entera), ya que el cómodo sillón de resortes retorcidos la habían invitado a una proyección onírica de primera fila, es decir, dormía vorazmente.
Durante la teatral representación en la que el subconsciente bizarro de mi hermana actuaba como titiritero sobre su endeble figurilla mental y le impelía murmurar los oprobiosos secretos de su femineidad, debía ensimismarme a tolerar la magna corte de bufones lingüísticos que se expelían ante mis estiradas ojeras cada cierto telón en la disfrazada arlequinada que eran los documentos asignados para revisión por mis eruditos clientes en las ciencias de la ignorancia.
Rechazaba los certeros embistes a mis costillas filológicas mediante una reinversión de fuerzas conflictivas al reescribir los geniales planteamientos de mis clientes. Se trataba de la profesión que había elegido, buscando la gloria de la Academia y terminando como un perfecto desconocido. El drama de ser desterrado a la mecanográfica labor de corrección estilística húbose definido como la sentencia previa al crimen de increpar a mis guardianas cadenas en estos fangosos corchetes lacustres que son la sociedad de los ilustres carpinteros (el piso: no diré más).
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Estas ganzúas afelpadas se abrigaban en la desgastada cerradura líquida de mis muertes perdonables y le abren un salvoconducto a los embusteros ladrones de oscuridad. Las conchas nerviosas se ofrecen finalmente antes esos engendros bárbaros para guiar el saqueo melancólico del sentido. En especial desearía evadir esa farsa de sombra que se congela frente a los amables signos dispuestos vomitivamente por gendarmes de la “caritativa” luminosidad. ¿No es el selvático y venerabilísimo vacío de la “civilizada” lumbre más que una eterna víctima?
Me es abrumador cuando no puedo ser acompañada a todo lugar por esa noble colega. Ella permanece conmigo, me habla cordialmente, comparte mis felicidades y declives emocionales. No creo que llegue a encontrar más acorde persona para compensar las horas de bochornosa presencia de mi soberbio hermano. Entretengo la mole mansa del tiempo al charlar y pasar un rato junto a mi mejor amiga: la soledad.
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Frustróme aquella miseria de sentido lingüístico en los papeles que deseaba nunca hubieran sido acribillados de tan infame arte guerrillera. Vencía triunfalmente la fricción inicial de mis esferas visuales al hacer rodar el suelo de mi mirada al comisario vistazo de mi metafísica hermana (para Julián, al final de ese sudoku sentimental, la fluorescente presencia de la percepción de mi hermana le resultaba enfáticamente intimidante y populosamente morboso, ya que no evitaba excluirla del inventario logístico de la pradera incendiada, a pesar de la carga de sedimentos heroicos que era la exhibicionista decoración).
Percibí aprehensivamente el estado de vigilia de mi hermana, dispuesta tenaz a conversar sobre su lectura (o por lo menos la media aritmética de esos últimos meses encajaba decisiva en la especulación de su probable movimiento de partida de ajedrez en la que meramente queda el contraste monárquico entre dama blanca y rey negro, mientras que la peste bubónica de ese Medievo Tardío estratégico masacró cordialmente al séquito real antes que algún juego bélico), preveía un interesantísimo díalogo de mi hermana hacia ella misma y no ocurrió.
En cambio, en reemplazo a las hipotéticas dos o tantas horas de conversación introyectiva, ella despellejaba la rotunda rutina al incorporarse de su conciliábulo personal con la pecosa interior que reverberaba constante en su subconsciente y me señalaba un excepcional portillo en el leguleyo de su reglamentaria conducta. Si la vida junto a mi hermana había sido un recorrido redundante, en ese momento las suelas de mi demacrado calzado hubieron ejecutado un soberbio acto de equilibrismo sobre el margen ácido ante el vacío de la expectativa.
Tardome en responder a la correntada ingente del lapso crónico de la tarde para percatarme de la subversiva excepción de mi hermana ante la descosida canva de regularidad que describía específicamente los actos, uno tras otro, de la hasta el momento consistente comedia redundante. La función contínua se desmembraba con tal ímpetu como, en signo contrario, el plan urdido por Julián y mí (tratándose aquí de una vocifería apagada, sin un eco). Sobre aquella reverberación del sonoro ahora lustraba un agudo vacío de concretitud acerca del definitivo soslayo en la estructuración ignota del plan.
Si para esa plaza frente a la iglesia que se enfrenta lateralmente a la esquina de la tienda de abarrotes del tiempo el visitante Julián no había aparecido, escindía la cadena de sucesos al eslabón del excentricismo por parte de mi hermana como una (en caso absoluto la única) de las razones.
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Aunque esa concatenación dorada de joyería bisutera se desmenuzaba goteando, proporcionando un engranaje obstinado a la continuidad del plan de él y mío (¿por qúe clase de justificación nos debía intentar restringir ese armado régimen antidemocrático de la “lógica” a subordinar la persona de Julián y la mía a un cartel o monopolio morfológico comprimido a la cápsula llamada “nosotros”?), de tal forma que el litigante latigazo del segundo siguiente exhortaba entonces para que yo respondiera a su presencia frente al portal de nuestro Hades hogareño.
Apesadumbradas mis identidades trigonométricas de resolución de la realidad, opté por desembolsar sendas cuotas por concepto de espectáculo público (ante una unidad auditorial, ni siquiera una decena) al entorno silvestre (repellado fugazmente por albañiles de vocación industrial) y a los elocuentes personajes cuyos labios permanecen en meditación trascendental, apartados unos pares de otros, para así presenciar la escena que se desenroscaba de los envases categóricos en los que mi sentido de la realidad se comprimía a varias atmósferas bajo su propio ímpetu de respuesta telegráfica y mordaz a la represión enajenadora por causa de la previsión paranoica de lo posible e imposible (separando ambas jugadas sin vuelta al hogar acogedor de la ausencia del tiempo empuñando su cinturón cual apartheid de supuestas verdades elitistas y grupalmente decididas mentiras que en discriminatoria fiscalización tiende el aporte de las finanzas intelectuales a los adeptos de insignias rubí y sombra en medio territorio de Diplomacia). Julián consideraba darse por aludido a la llagosa acupuntura inexperta de la presencia del sensacionalismo decorativo de mi hermana.
Inmiscuíase dominado por acorazante ignorancia (conscientemente transferida de la partitura orquestal a la sísmica corriente alterna de aire) impermeable al conjunto intravenoso de la urbe donde se amasan fortunas y se depositan a las cuentas personales de los habitantes, que se obsesionan por obtener un dividendo del prodigio del Midas (quien firma papeles redundantes en letra dosificada a doce), los resíduos como excusa con postergada explicación a los arrendatarios venideros del encasillamiento en absoluta libertad de alguna demogracia, la cual se quedó en animación suspendida como si fuera para el Día de los Inocentes, por parte de unos imberbes que atizaron con el glotón motivo de juzgamiento prometéico una represa de intenciones humanas en otra capital, de tal forma que segregaron la ideología que confabuló durante el lapso en que al tiempo le apeteció cual “gourmet” doblar el espacio circundante de un rodillo con marcas dictatoriales para resolver la ecuación de mal gusto y sintetizar el resultado en el libro de la Historia.
A raudales entonaban los halos herméticos segregándose cual toga de tejido fluido, jerarquizando la entidad corpórea de Julian. Indivisible esterilización ante las ondas de choque atizadas por la inercia guerrillera de tales soeces bocanadas de expresión cromática contra la estética que mi hermana hubiere adoptado maternalmente, quizá sin excavar en la maquinaria de nebuloso procedimiento, paralela a la redirección de infantes con antecesores “desaparecidos” hacía media docena de lustros.
Constreñido a una precisión helvética que encontraba réplica en la genética de las dimensiones un condiscípulo de tercer nivel, asistente de definiciones tangibles junto con la recta y el punto, decantaba un creciente desplazamiento de umbrales congraciados con la tendencia de comportamiento de lánguidos lepidópteros. El aire se regaba a los costados de Julián conforme ese porcentualmente ignoto a mi gnomo cognoscitivo zanjaba a modulaciones de sus extremidades la resistencia del aire, cual recursos no humanos cuyo caudal sumergíase mientras que el gólem virulento de su “aprovechamiento” sopesaba qué Behemothianos acaecería una vez que se extenuaran, se retrataba una distancia que implotaba en medio de dos perfectos desconocidos.
Por cuanto la lacónica cromatografía que el por mi hermana criado percibir estético en el travesaño del vegetal alfombrado especificaba engreía la catación mnemónica, las discrepancias de localidad, cuyo segundo componente aludía a mi etérea morada en tal medida que el por docentes de mediante el crematorio tono contraponiendo la mistificada musgosidad del tangible reactivo, obedecía con respecto al caos melindroso el por eugénicas aberraciones en tergiversadas ambidextrosidades idolatrantes fotosintetizado.
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Angustiosa balaustrada de integérrimo azufre emocional reiteraba obstinada muletillas de presencia, cual hubiere no admitido logopédica amnistía en las cartilaginosas la empresa colonizadora portadora del de la contínua en pos del perfeccionamiento atizante perseverante.
Litigantes inmiscuídos en acotada arlequinada de modernista acuciosa barruntada gendarme del mal gusto cromatografiado en chillones harapos elegantes.
Brindando parches ataviados de atención intensiva al torrente sagaz de laureada mediocridad amonestaba el aglomerado de primates jerarquizados las experimentales inserciones constreñiendo el al rebaño pertenenciente maquinal laborar.
Por cuanto falacia sería el citado comportamiento “pensamiento” como taxonomía forzar, zoológica aseveración requiérese para retratar el almacigo de eficiencia que sobre vías hacia la ubicuidad létrose y la distancia hacia lo espacialmente transcurrido a la nimiedad equivale.
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